Por Ángel Adrián Fernández. Atender Salud Internación Domiciliaria. Miembro de CADEID / ASIADES.

La atención domiciliaria de pacientes introduce un escenario singular donde convergen distintos tipos de poder: el poder médico-técnico, el poder familiar-afectivo y el poder simbólico del espacio doméstico. Comprender quién ejerce el poder en ese contexto requiere un análisis más allá de las jerarquías formales: se trata de explorar las micro relaciones cotidianas, los discursos, los gestos y las normas implícitas que configuran la dinámica del cuidado. Las teorías de Pierre Bourdieu y Michel Foucault ofrecen marcos conceptuales para desentrañar cómo el poder circula, se legitima y se internaliza dentro del hogar convertido en espacio terapéutico.

Para Pierre Bourdieu, toda práctica social se desarrolla dentro de un campo, es decir, un espacio estructurado de relaciones de fuerza. Cuando el equipo de salud ingresa al domicilio, se inserta en un campo híbrido donde conviven la intimidad familiar y la institucionalidad sanitaria. El domicilio deja de ser un ámbito privado para transformarse en una extensión del sistema de salud, regido por protocolos, normas y registros clínicos. Sin embargo, el capital simbólico —prestigio, conocimiento, legitimidad— de cada actor determina quién puede hablar, decidir o imponer significados. El médico o enfermero, por su autoridad profesional, suele ocupar una posición dominante; el paciente, por su vulnerabilidad física y dependencia, queda subordinado; y la familia actúa como mediadora entre ambos mundos.

Michel Foucault define la microfísica del poder como el conjunto de relaciones capilares que penetran los cuerpos, los gestos y las rutinas. En la atención domiciliaria, esta microfísica se manifiesta en los protocolos, horarios, indicaciones y modos de control que estructuran la vida del paciente. El poder no se ejerce sólo desde el profesional hacia el paciente: circula, se redistribuye, y puede ser resistido, aceptado o negociado. Por ejemplo, el enfermero que regula la medicación ejerce poder disciplinario sobre el cuerpo; el familiar cuidador que decide cuándo llamar al médico ejerce poder de mediación; y el paciente que acepta o rechaza una indicación también ejerce poder sobre su propio cuerpo. Así, el hogar se convierte en un espacio de poder difuso y relacional, donde cada acción cotidiana —hablar, limpiar, alimentar, medicar— es un acto simbólico.

Desde la perspectiva de Bourdieu, el lenguaje es un instrumento de poder simbólico. En la atención domiciliaria, la palabra profesional puede adquirir una fuerza que trasciende lo informativo: prescribe, ordena, impone significados. Cuando el paciente o su familia aceptan sin cuestionar las indicaciones médicas, internalizan una forma de violencia simbólica. Sin embargo, esta violencia no implica mala intención, sino asimetría estructural: quien domina el discurso médico detenta el monopolio de lo ‘verdadero’ y lo ‘normal’. Por ejemplo, al hablar del ‘paciente no colaborador’, se impone una categoría que clasifica moralmente una conducta, reforzando la jerarquía entre quien cuida y quien es cuidado.

Aunque el saber técnico otorga autoridad al profesional, el poder no es absoluto. El paciente y su entorno también ejercen formas de poder: deciden abrir o no la puerta, permitir o limitar el acceso, seguir o modificar indicaciones, expresar afecto o resistencia. Estas microdecisiones configuran una negociación constante de autoridad. Desde la lógica foucaultiana, el paciente no es un sujeto pasivo, sino un actor que participa en la red de poder. El reconocimiento de su experiencia, su autonomía y su lenguaje permite transformar la relación terapéutica en un espacio de corresponsabilidad y horizontalidad simbólica. Es también propicio comentar que este escenario depende de cada lugar geográfico, sus costumbres y creencias. En este campo adquiere una relevancia semántica y simbólica la presencia de un actor que solapadamente forma parte ( cada vez menos por cuestiones tecnológica, cabría una explicación más extensa)del eslabón de la salud , más aún en zonas rurales y me estoy refiriendo al curandero/a.

Reconocer las formas de poder que circulan en el hogar no implica eliminarlas, sino hacerlas conscientes y éticamente gestionadas. La ética del cuidado requiere pasar de un poder que domina a un poder que acompaña y habilita. Cuando el profesional reflexiona sobre su posición, modula su lenguaje y legitima la voz del paciente, el poder se convierte en un vínculo de confianza en lugar de un dispositivo de control. Así, la atención domiciliaria puede resignificarse como un espacio de interdependencia humana, donde la autoridad técnica se equilibra con la dignidad y la autonomía del cuidado.

En el domicilio no hay un único sujeto que ejerza el poder, sino una red compleja de relaciones simbólicas y prácticas. El profesional aporta el capital técnico; la familia, el afectivo; y el paciente, la experiencia encarnada de la enfermedad. El desafío consiste en reconocer estas interacciones como escenarios de poder compartido, donde la palabra, el gesto y la mirada pueden tanto liberar como oprimir. Comprender estas dinámicas desde Bourdieu y Foucault permite humanizar el cuidado y construir una práctica sanitaria basada en el respeto mutuo, la comunicación y la conciencia crítica.

Incorporar herramientas de negociación específicas para un mejor abordaje en domicilio con integrantes del grupo familiar del paciente y el equipo multidisciplinario es también un abordaje que debemos incorporar en la dinámica de la capacitación permanente.

Bibliografía

Bourdieu, P. (1991). *Language and Symbolic Power*. Cambridge: Polity Press.
Bourdieu, P. (1979). *La distinction: Critique sociale du jugement*. Paris: Les Éditions de Minuit.
Foucault, M. (1975). *Surveiller et punir: Naissance de la prison*. Paris: Gallimard.
Foucault, M. (1976). *La volonté de savoir*. Paris: Gallimard.
Collière, M. F. (1989). *Promover la vida*. Barcelona: Interamericana.

CADEID. “Construyendo juntos el futuro del Sector”.
Noviembre 2025.